miércoles, 29 de julio de 2009

Beltordo, Beltordino y Cacaseno...

Vamos a ejercitar de forma jovitera entre lo que en inglés se llama “insight” y en castellano llamamos “discernimiento”. Así pues abordemos de inmediato un concepto capital para el desarrollo de las próximas ideas. “La psicoterapia es el arte de llegar a ese discernimiento entre lo fáctico y lo simbólico, entre lo repetitivo y lo creador, entre lo virtual y lo posible, entre la realidad indirecta del mundo de mi entorno y la realidad directa del conocimiento de mí mismo” (Rísquez, 2007).

Sin duda alguna todas las operaciones mentales se resumen en dos grandes escenarios: la psicología del pensamiento y las emociones humanas. Todos somos una especie singularmente única y bien definida en sus actividades específicas. Por eso usted puede vivir como le dé la gana o como quieran los demás; eso presupone que algunos congéneres tendrán un collar y una cadenita y los sacaran de paseo, claro está, no levantaran la pata para su meada en un poste o el caucho de algún carro.

La explicación espléndida que Jung desarrollara de nuestro mundo simbólico así como el de los arquetipos, evidencia a mi modo de ver, una capacidad semiológica tan poderosa y diversa que, podríamos considerar como inagotable a lo largo de nuestras vidas. Cada una de las cuales se debate pues entre símbolos y arquetipos introyectados en una mente, muchas veces no preparada para el bombardeo constante de manipulaciones externas, conducidas de forma muy bien tipificada para que los resultados de la intervención sean puntuales según sea el caso y las conductas esperadas.

Evidentemente, los enanos han sido muy hábiles en eso de manipular al colectivo, muy a pesar del pataleo activo del ciudadano que trata de responder al cañoneo. Las comunidades conviven mejor consigo mismas pese a sus diferencias diversas, pero ese convivir se ve afectado sin duda por la intervención de los intereses que mueven a parcelas bien definidas de la actividad social y política del país. Ello implica que mueven el tránsito de las masas, con un sentido de dirección lleno de obstáculos como en una competencia de atletismo, pero a diferencia claro está que en esta ésta que planteo, la mayoría no está preparada física y mentalmente para llegar a una meta un tanto incierta.

En otras palabras, “El yo de uno no es nadie hasta que se desdramatiza, sólo cuando uno se quita todos los dramas cómicos y trágicos que hicieron que uno hable por sus personoides, o sea que los personoides hablen por uno. Eso se llama teatro interior” (Rísquez, 2007). Mi artículo se basa en una extraña y divertida narración medieval que se escribió aparentemente en el medioevo de la zona de Italia, atribuida a C. Della Croce. Bertoldo es un pobre, feo individuo pero con una inteligencia que desborda a cualquiera en el reino. La historia inicia con algunas insensateces que hace y dice Bertoldo usando un sin fin de refranes, metáforas y parábolas que son parte de su actuar en la historia.

Bertoldino es el hijo simplón y en extremo estúpido que, gracias a la fama formada por su padre logra llegar al palacio real y en él nos divierte con sus insensateces que supera al más sencillo lugareño que haya existido. Hijo de Marcolfa, esposa de Bertoldo y madre de Bertoldino quien tiene al igual que su cónyuge posee una inteligencia singular pero una necesidad sin igual de vivir una vida sencilla. Y, por supuesto, Cacaseno el sagaz.

En resumidas cuentas, hoy no tenemos una Corte Real, pero sí innumerables cacasenos; por lo que es prudentísimo mirar en el piso por aquello del embarrao con la caca, distinga usted por favor el as de oro en su baraja, reconozca a los enanos, no permita que se metan en su vida y le rompan su papagayo, porque usted y yo tenemos derecho a soñar y no con pendejadas precisamente. Usted y yo tenemos mucho que contar, no a tientas en la pared, sino en una de piratas a lo Serrat, porque nos da la gana de salir del teatro interior como realmente somos, soñadores, amables humanos y llenos de probabilidades humanas para el inagotable cambio. La correa y la cadenita, son para el enano que aún presuma que somos los perros de su escena. Identifíquelo por sus ladridos y prepare el proscenio para su insight.

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